1º leo y luego veo (vol XI): “Escapada/Julieta”

El pasado 7 de septiembre la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España seleccionaba ‘Julieta’ como la película encargada de representar a España en la 89 edición de los Oscar.

Abordar en esta sección la película número 20 de Pedro Almodóvar no sólo resulta idóneo bajo criterios de actualidad. También es interesante si tenemos en cuenta que se trata de la tercera adaptación de un texto ajeno del director después de ‘Carne Trémula’ (1997) y ‘La piel que habito’ (2011). Pero, sobre todo, lo es porque, la ‘Julieta’ interpretada en dos tiempos por Emma Suárez y Adriana Ugarte, es el resultado de la devoción del manchego por la obra literaria de Alice Munro, la escritora canadiense ganadora en 2013 del Nobel de Literatura. “¿Hay alguien que no sepa que Munro es la mejor escritora de relatos en lengua inglesa?”, se preguntaba Almodóvar en abril de 2013.

Preso de esta pasión por la escritora, en 2009 se hizo con los derechos de tres de sus relatos: “Destino”, “Pronto” y “Silencio”. No se trata de una selección al azar. Los tres cuentos están incluidos dentro de “Escapada” (2004) y suponen una “bella rareza” dentro de la narrativa de Munro. La terna de relatos comparte a una misma protagonista aunque cada uno de ellos se centrará en una etapa bien distinta (tanto cronológica como emocionalmente) de su vida. Se trata, como decimos, de un formato no convencional en la biografía literaria de una autora que tiene en su haber doce colecciones de cuentos y dos novelas, pero que brindaba al realizador una oportunidad única de explotar uno de sus estilemas fílmicos: la soledad del tiempo. Su paso inexorable y arrollador, el sabor amargo de la melaza añoranza, el simbolismo de los objetos y espacios otrora compartidos y el encaje de todo ello en un escenario vital que Munro describe como encadenado pero no correlativo.

He aquí el primero de los aciertos del manchego en el trasvase del papel a la gran pantalla de su Julieta. Almodóvar ha sabido tejer visualmente una trama que en su origen no era consecutiva, unificando narrativamente con pleno sentido tres décadas de la vida de su protagonista. Para ello, despliega toda su pericia técnica y su saber hacer como demiurgo fílmico, creando un tratamiento atmosférico perfecto que, alcanza su punto álgido en el momento en el que se produce el desdoblamiento físico de una actriz a otra. En un alarde de maestría y sencillez, el espectador asiste al tránsito físico, mental y emocional de la Julieta de 25 años (1985) a la de 55 (2015).

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El universo de ficción de Munro exhala igualmente, estilemas históricamente trabajados por el director español que, a priori, proveían al realizador de una materia prima inigualable. Comparten, por ejemplo, su ahínco y sensibilidad en la exploración del universo femenino.  El eje de la escritura de la premio Nobel es, sin duda, la mujer en mayúsculas, de cualquier edad y condición, pero siempre víctima y beneficiaria de sus propias decisiones y culpas. Lo es la mujer, además, en cualquiera de sus vertientes descendentes, esto es, como hija, madre o abuela. Porque en la literatura de Munro la idea de maternidad es matriz y es, también, compleja. Como Almodóvar, encuentra en lo femenino el puntal de su universo ficcional, quedando desplazado (sino anulado) lo masculino por su ausencia, su machismo o su incapacidad para procurar satisfacción (física y emocional). Ambos autores, además, trabajan desde lo ordinario, aunque Munro se centre en “lo raro de lo normal. Todo lo extraño de lo cotidiano. Todo lo fantástico de lo habitual” y Almodóvar, por lo general, parta de ese mismo escenario ordinario para llevarlo al extremo. No es el caso de ‘Julieta’, a la que ha dado vida con serenidad, conteniendo su inclinación por lo histriónico, lo irreverente o lo paródico, pero más a corazón abierto (y tatuado) que nunca.

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El segundo gran éxito en su adaptación es el profundo respeto que subyace hacia la escritura de Munro, pero también la delicadeza y querencia que demuestra a través del celuloide por la literatura en general. Las conexiones entre ambas disciplinas a lo largo de la cinta son tan profundas que, de hecho, la literatura funciona como subtexto del film, como fondo sobre el que se sostiene narrativa y simbólicamente la película. Los libros son la única constante estable en la vida de la protagonista. La lectura preside la cotidianidad vital de Julieta. Es filóloga clásica y vive rodeada y acompañada entre ellos. De hecho, encuentra en la escritura de una suerte de autobiografía la única manera de superar el silencio que la encadena y paraliza durante años.

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Un silencio, por otro lado, que es la esencia del film y, como tal, ni tan sólo la maravillosa obra creada ad hoc para la película por Alberto Iglesias perturba o interrumpe el estado natural de la cinta. Una única excepción: el final de la narración viene acompañada ya por la desgarrada voz de Chavela Vargas entonando el “Si no te vas”. No es el único homenaje de Almodóvar hacia la cantante mexicana. En varios momentos de la película, Julieta sujeta entre sus manos un libro (firmado por Lorenzo Gentile e ilustrado con esculturas de Ava) que lleva por título “Adiós Volcán”. Tras la muerte de Chavela en agosto de 2012, el director le dedicó una emotiva carta de despedida encabezada, precisamente, con esas mismas palabras.

Almodóvar respeta la esencia de lo narrado por Munro en su trilogía sobre Juliet, aunque, ahora sí, no atina por igual en el desarrollo y estructura de cada uno de ellos. Y es que, aunque los cambios de forma y contenido son imposibles de eludir, algunas tramas y personajes resultan fallidas en este trasunto cinematográfico. Los acontecimientos narrados en “Destino” giran en torno al primer viaje iniciático de la protagonista. Un viaje en el que su maternidad y la culpa van a quedar ya vinculados, como presagio de su incierto porvenir. El tratamiento fílmico de esta primera parte queda resuelto de manera eficaz, sobre todo porque, como ya apuntamos con anterioridad, Almodóvar dispone y despliega desde el principio una gran capacidad para armar narrativamente una historia casi disociada en su origen. Esto le permite tanto mostrar desde un principio a una Julieta ya deambulante, como acrecentar el sentimiento de simetría entre la pareja a través de la hermosa composición de planos que nos regala desde el principio.

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En “Pronto”, es la visita a casa de los padres de la protagonista el eje argumental de la narración. En este caso, la versión cinematográfica carece del nivel de intensidad y profundidad que sí rezuma la literaria. Almodóvar decide poner el foco de atención en una trama apenas insinuada por Munro. Se decanta por centrarse en la aventura extramatrimonial de su padre, acentuando y anticipándose a su propio engaño amoroso, y no en ahondar en el vínculo maternofilial en que la canadiense se recrea. Y de esta decisión se deviene la ausencia más notable en la película del manchego. El escenario espiritual, religioso y educativo de Munro desaparece en el mundo almodovariano. Bien es cierto que Munro tiene mayor espacio para desarrollar el entorno claustrofóbico y represivo en el que Julieta crece y que, en parte, viene a justificar esa doble sensación que germina y crece en ella de rechazo y adoración por sus padres. Una sensación de la que resulta que su propio abandono familiar esté arropado por un punzante sentimiento de culpa y mala conciencia que le hostiga y persigue de por vida.

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El director se resarce, en parte, con la adaptación del tercero de los cuentos, “Silencio”, centrado en la separación entre madre e hija, donde logra alcanzar un mayor tono melodramático, ofreciendo más que nunca su mirada personal y sacando al exterior todo lo que los personajes de la canadiense guardaban sólo para sí, permitiéndoles sacudirse la pena frente a la cámara. Demuestra gran precisión y tino en la transposición de escenas como la que se desarrolla en el “centro de equilibrio espiritual” e imprime mayor fuerza a algunos personajes como el interpretado por Rossy de Palma (la única “chica Almodóvar” de todo el reparto junto con Susi Sánchez y Darío Grandinetti), aunque también tropieza en parte con la implementación de tramas de nueva creación (como la que respecta en parte a Ava) o el proceso de gestación del personaje de Antía (la Penélope de Munro). Este queda desdibujado, distorsionado en lo que concierne a su evolución y proceso de madurez, pero suplementado de mayores dosis de crueldad.

Pese a todo, finalmente Almodóvar se muestra menos descarnado que Munro. Trata de cubrir con sal marina  la pátina de derrota que cubre el texto original, el drama y desolación de tres madres enfrentadas a la pérdida, dotando a los personajes de explicaciones y esperanzas. El mosaico de madres perdedoras a las que el mar, la mar, sólo la mar, les ha dado (vida) y quitado (muerte) tanto logra avanzar, romper su silencio y, parece, reunirse en una misma desembocadura.

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P.D: No se me ocurre manera más apropiada de terminar este escrito que recogiendo algunas de las referencias literarias (directas e indirectas) que el film nos ofrece. Tal vez, y como el director ya hiciera con el propio “Escapada” de Munro (que ya aparecía en manos de Elena Anaya como protagonista de “La piel que habito”), nos sirva además para profetizar futuros proyectos del director manchego.

Es el caso de “El Amor” de Marguerite Duras, uno de los libros que Julieta se niega a abandonar en su piso de Madrid y que selecciona y empaca entre sus “imprescindibles”; o de “La tragedia griega” de Albin Lesky, que lejos de disponerse como un mero atrezzo casual, suponen un vestigio de lo que no se ve pero se siente. Patricia Highsmith es otra de las autoras a las que se hace referencia. Lo hace Lorenzo, la pareja de Julieta cuando confiesa haberse sentido como un personaje propio del universo de la novelista estadounidense. Por cierto, una de sus obras más célebres, “Carol”, fue llevada al cine en 2015 con Kate Blanchett y Rooney Mara como cabeza de cartel.

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